De padre gallego y madre holandesa, Goyo Fernández van der Steen ha recorrido más de 1.500 kilómetros para elaborar este año su propio vino en una pequeña parcela del Bierzo. Lo hace de la mano de 13 Viñas y su proyecto ‘Apadrina una viña’, pero también siguiendo un hilo mucho más antiguo: el de los veranos de su infancia en Galicia, las viñas de su padre y un río Sil que, de alguna manera, termina conectándolo todo.
Hay viajes que empiezan mucho antes de hacer la maleta. Es el caso de Goyo Fernández van der Steen. El suyo no es simplemente un viaje desde Holanda, donde vive y empezó a interesarse por el mundo del vino. Es un viaje que arrancó ya algunos años antes, cuando decidió que la teoría y las catas ya no eran suficientes y que necesitaba mancharse las manos y enfrentarse a una vendimia.
Pero probablemente haya que retroceder todavía un poco más. Hasta aquellos largos veranos de la infancia en San Esteban de Ribas de Sil, en la Ribeira Sacra, el pueblo de su padre. Un viaje a sus raíces que ahora realiza a través del Bierzo y del río Sil, a través de una pequeña viña entre pinos, donde este holandés de padre gallego y madre holandesa ha decidido dar un paso más en su particular aprendizaje sobre el mundo del vino.
Este año Goyo elabora por primera vez su propio vino en el Bierzo a través de ‘Apadrina una viña’, la iniciativa de 13 Viñas que le permite implicarse en el cuidado de una parcela de viñedo viejo y elaborar después su vino. «Quiero hacer un vino que refleje la tierra, la tradición, la cultura y la gente», resume. Parece sencillo, pero no lo es tanto.
Una pequeña viña berciana entre pinos
La afición de Goyo por el vino viene de lejos. En Holanda realizó distintos cursos sobre el mundo del vino. Aprendió a catar, a reconocer variedades, regiones y estilos. Pero llegó un momento en que aquello dejó de ser suficiente. «Es mucha teoría. Catar vino está bien, pero a mí me gusta también lo práctico», cuenta a las puertas de la bodega 13 Viñas, mientras espera su turno para despalillar y meter su uva en depósito.


Goyo comenzó a buscar proyectos en España, Portugal o Francia que le permitieran ir más allá de la teoría y cruzar al otro lado, al de la viña, la vendimia, las decisiones de bodega y las fermentaciones. En esa búsqueda apareció 13 Viñas. Hace tres años ya viajó al Bierzo para conocer a Julio Calvo (el alma de la bodega junto a Jesús Alcaide) y explicarle que aquello iba en serio. Que quería ser uno de los «padrinos». Así, entró en la lista de espera y este año, finalmente, ha podido hacerse cargo de una pequeña parcela.
Y para alguien que vive en Holanda, a más de 1.500 kilómetros, tener una viña en Cubillos del Sil no es precisamente cómodo. Pero merece la pena. Su parcela se encuentra en el Alto de San Esteban, protegida entre pinos. Es uno de esos pequeños majuelos bercianos donde la diversidad de variedades es protagonista. Predomina la mencía, pero entre las cepas Goyo ha ido descubriendo también garnacha tintorera y algunas variedades blancas como palomino y doña blanca. Y no quiere separarlas.
Su intención es elaborar un tinto de parcela con una pequeña proporción de uvas blancas, siguiendo esa convivencia natural que todavía puede encontrarse en muchos viñedos viejos del Bierzo. No busca un vino perfecto ni diseñado de antemano. Le interesan más los vinos de mínima intervención, aquellos capaces de conservar cierta espontaneidad y de contar algo del lugar del que proceden. «La idea es hacer un vino que disfrutes», explica.
Aprender haciendo —y equivocándose—.
Goyo no llega completamente «virgen» (en lo que se a elaboración de vino se refiere) a 13 Viñas. Desde hace tres años hace pequeñas cantidades de vino en Holanda con uvas procedentes de Hungría. Ha trabajado con cabernet franc (muestra de otra de sus debilidades vinícolas, el Loira francés) y también ha experimentado con blancos. Pero su aprendizaje no ha sido precisamente lineal. Después de una primera elaboración que salió bien, llegó la confianza. Y con ella, el desastre. «Pensé, la primera vez salió bien, entonces la segunda voy a hacer más cantidad», recuerda. El vino no terminó de fermentar y acabó convertido en ingrediente para guisos, base para vermut… y cualquier otra cosa que no fuera sencillamente bebérselo en una copa.
La anécdota le provoca una sonrisa. Goyo prueba, se equivoca, vuelve a empezar y compara resultados. Ha elaborado blancos de manera convencional y otros con algo más de contacto con los hollejos simplemente para entender qué cambia. Experimenta porque quiere aprender. Y en ese aprendizaje hay también espacio para la memoria familiar. Y es que entre sus experimentos hay uno con un significado especial: el viñote. Nos cuenta que es un vino que recuerda de la tierra de su padre y que tradicionalmente se bebía durante el magosto. Después de elaborar el vino, explica, al bagazo se le añadía agua y se dejaba fermentar de nuevo, obteniendo una bebida ligera, de apenas cinco o seis grados de alcohol, pensada para acompañar las castañas. Goyo decidió reproducirlo en Holanda.
Ese pequeño gesto doméstico contiene quizá una de las claves de toda su historia. Porque antes incluso de llegar al Bierzo, ya estaba utilizando el vino como una forma de reconstruir un vínculo con el lugar del que procede una parte de su familia. Su padre era de San Esteban de Ribas de Sil, cerca de Ourense, y Goyo pasó allí todos los veranos de su infancia visitando a sus abuelos. Hoy sueña con tener algún día su propia viña y, si pudiera elegir, sería allí, en Galicia. Mientras tanto, el Bierzo le sirve para estar más cerca de su destino.
Un viaje de regreso a través del vino (y el río Sil)
Cuando supo que finalmente podría participar en el proyecto de 13 Viñas, Goyo ya tenía planeadas unas vacaciones a Irlanda con su mejor amigo. Cambió los planes. O, mejor dicho, convenció a su amigo para cambiarlos. En mayo viajaron juntos hasta el Bierzo para realizar la poda en verde. Había que conocer la parcela, recorrer las cepas y empezar a comprender aquella viña de la que Goyo llevaba tanto tiempo hablando en Holanda.
A principios de septiembre regresó para hacer la vendimia. Otro cambio de planes. No estaba previsto que fuera tan pronto. Y es que la distancia obliga a organizar con tiempo vuelos, vacaciones y calendarios alrededor de estas tres líneas de viña que se han convertido en su pasaje de vuelta a sus raíces. Goyo ya tiene en mente un nombre para su vino: Cazolas. Ese es el apodo de su padre en San Esteban de Ribas del Sil. Y aunque no está decidido, resulta difícil imaginar un nombre que resuma mejor esta historia, con el río Sil como paisaje de fondo.
Ese río que conecta su viña berciana en Cubillos del Sil con el pueblo de su padre y sus raíces. «Eso también tiene un significado importante para mi y fue uno de los motivos para elegir el Bierzo», añade este holandés errante que, a diferencia de la leyenda, ya está más cerca de alcanzar su puerto.
