Hay lugares que parecen quedar fuera del mapa hasta que alguien decide mirarlos de nuevo. La Granja de San Vicente puede ser uno de ellos. Aquí, donde el Bierzo comienza a empinarse hacia el puerto del Manzanal, el paisaje anuncia ya una indudable transición y apenas queda una viña, Alba Lombardero se hizo hace tres años una pregunta, por qué no intentar hacer ahora aquello que realmente le apasionaba. Y empezó a hacer vino.
No está sola. A su lado está su pareja, quien le sigue en su sueño de hacer vino con un proyecto que lleva sus dos apellidos: Lombardero & Fernández. La bodega ocupa la antigua cuadra de los abuelos de él. Donde antes estaban los pesebres de las vacas hoy descansan depósitos y barricas. No hubo una gran reforma ni un proyecto arquitectónico destinado a impresionar. Hubo, sencillamente, trabajo.
«Aquí no ha entrado nadie más que nosotros. Lo hemos hecho todo nosotros dos», cuenta Alba mientras recorremos ese pequeño espacio al que han dado una nueva vida. Quizá esa frase explique bastante bien lo que es Lombardero & Fernández. Porque aquí casi todo empieza así, sólo con sus manos.
La Granja de San Vicente pertenece al municipio de Torre del Bierzo y forma parte del territorio amparado por la DO Bierzo. Es, además, un lugar marcado por una orografía singular. El ferrocarril tuvo que dibujar aquí el conocido lazo para salvar el desnivel de la montaña. Ese paisaje de tránsito entre montañas, minería, ferrocarril y viñedo, sirve ahora de escenario a una de las bodegas jóvenes que están apareciendo en los márgenes menos transitados del Bierzo.


Una primera generación
Alba es de Albares de la Ribera y no procede de una familia de bodegueros. Y lo dice sin rodeos. «Somos primera generación. Pero a mí siempre me ha gustado el mundo del vino», cuenta. Comenzó su proyecto con siete viñas. Aquello fue casi una prueba, una manera de comprobar hasta dónde podía llegar una inquietud que llevaba tiempo rondando su cabeza. Algunas viñas pertenecían a su familia, otras llegaron a sus manos porque sus propietarios, ya mayores, no podían seguir trabajándolas.
Hoy trabaja 13 viñedos que suman alrededor de 2,5 hectáreas, la mayoría en Albares de la Ribera y una finca de mayor tamaño en Congosto. «Hemos ido cogiendo viñedos que nos ha dejado la gente mayor, los vamos recuperando y los trabajamos con la mínima intervención posible», explica Alba.
En Albares, las parcelas se mueven aproximadamente entre los 700 y los 900 metros de altitud, una cota que sitúa estos viñedos en una expresión del Bierzo distinta a la de las zonas más bajas de la hoya berciana. Entre sus parajes aparecen nombres como La Mendañona, Valdecontina o Valderreguera. Nombres pequeños, locales, de esos que durante generaciones sirvieron para orientarse entre viñas mucho antes de que comenzáramos a hablar de terroir o zonificación.
También hay memoria en su viñedo. Su viña más joven fue plantada en 2002, mientras la más vieja que trabajan en Albares se remonta a 1927. En ellas conviven mencía, garnacha, palomino, doña blanca, godello, tempranillo e incluso merlot.
Una viticultura que mira a la luna
Alba, aunque trabaja como especialista en ventas y calidad en un call center en Torre del Bierzo, hace prácticamente todo el trabajo del viñedo. Mantiene cubiertas vegetales y limita al mínimo la intervención, salvo en tres parcelas en espaldera donde pueden trabajar con tractor. Y también mira al cielo. No tanto para buscar respuestas como para decidir determinados momentos del trabajo en la viña.
Esa misma filosofía entra después en la bodega. No hay una voluntad de hacer vinos tecnológicos ni excesivamente intervenidos. La idea es acompañar la uva. «No filtramos ni clarificamos. Utilizamos el frío y los cambios de luna para hacer los trasiegos y los decantados», aclara Alba. Así, matiza que la excepción ha sido un blanco, semiseco, que fue filtrado para evitar una posible refermentación en la botella.
No parece haber aquí ninguna voluntad de colocarse etiquetas —natural, biodinámico, ancestral— sino de encontrar una manera propia de trabajar. Una forma que, además, todavía está creciendo y en proceso en construcción.
La Cachana
Los vinos de Lombardero & Fernández cuentan cosas. La Cachana es probablemente el más íntimo. Un semiseco de uva palomino del que elaboraron apenas 150 botellas y que acaba de obtener 90 puntos en la Guía Peñín. Delicado, floral y sorprendente, nacido también de las ganas de comprobar hasta dónde podía llegar una variedad históricamente presente en los viñedos bercianos pero durante mucho tiempo relegada a un papel secundario.
«Era un poco un reto, hacer algo diferente con un palomino aquí, hacer un semiseco. Era arriesgarnos», confiesa. Pero La Cachana habla, sobre todo, de una mujer, de la abuela de Alba. Es un homenaje a ella y a sus raíces. Su abuela trabajó durante 14 años en la mina y otros seis en la carretera. Acabó perdiendo la vista.

Alba habla de ella como una mujer de enorme tesón, una de aquellas mujeres rurales cuya historia pocas veces aparece escrita pese a haber sostenido familias y territorios enteros. De repente, aquellas 150 botellas adquieren otro significado. No hablan solo de vino, hablan de memoria.
Valdejancas y Perdiendo el Norte
Si La Cachana representa las raíces en Lombardero & Fernández, Valdejancas mira hacia delante. La añada 2025 suma poco más de 1.050 botellas y reúne mencía, tempranillo y garnacha. Un vino inspirado la pasión por el fútbol de uno de sus hijos, que inicialmente iba a llevar otro nombre, El jugón, y que viene a ser un símbolo del futuro de sus dos pequeños. «La Cachana son mis raíces, nosotros somos el presente y ellos son el futuro», resume Alba.
Hay algo bonito en esa manera de construir el relato de una bodega todavía diminuta: cada vino ocupa un lugar dentro de una historia familiar que se está escribiendo casi al mismo tiempo que se llenan las botellas.


Así, ese presente sería Perdiendo el Norte 2025, que es lo que les decían familiares y amigos cuando se liaron la manta a la cabeza para hacer vino. De él elaboran alrededor de 400 botellas, con otro registro completamente distinto. Mencía y garnacha con maceración carbónica para buscar, deliberadamente, la fruta.
En la copa aparece mucha fruta roja, frescura y una expresión inmediata y jugosa. «Lo que buscamos con este vino es la fruta», explica. Y la encuentra sin necesidad de complicar el discurso. Es un vino alegre, fresco, de esos que invitan más a beber que a diseccionar.
Nuevas elaboraciones de Lombardero
Entre las nuevas elaboraciones aparece además un ensamblaje de merlot y tempranillo, unas 600 botellas y apenas 11 grados de alcohol, procedente de viñas de Albares. Ligero, fluido, de trago largo. Es un vino que recuerda, de alguna manera, a aquellos vinos cotidianos que siempre existieron en los pueblos. Esos vinos para beber sin solemnidad, puestos sobre la mesa junto a la comida.
Todavía están pensando su nombre. Una de las ideas conduce inevitablemente al paisaje que rodea la bodega Lombardero & Fernández, el lazo de Manzanal. Esa singular obra ferroviaria creada para salvar el desnivel de la montaña y que podría convertirse también en metáfora de la unión entre La Granja y Albares. No sería un mal símbolo para una bodega que, en el fondo, también está intentando unir lugares, generaciones y memorias.
Y también hay otra historia esperando a ser contada dentro de una barrica de 225 litros. La barrica fue un regalo de un buen amigo y dentro descansa una elaboración de mencía y garnacha que Alba dejará evolucionar en madera durante aproximadamente dos años. Un vino elaborado con despalillado y bazuqueos diarios, buscando una extracción pausada, casi de infusión. Después de la fermentación maloláctica pasó a madera.
Su nombre definitivo todavía está por decidir. Dos años parecen mucho tiempo cuando una bodega como Lombardero & Fernández acaba de comenzar a caminar. Pero el vino tiene estas cosas. Tiene sus tiempos. Obliga a esperar.

La vendimia adelantada
No todo en esta aventura tiene el romanticismo de recuperar viñas viejas. Está también el campo. Y el campo impone sus propias reglas. Alba reconoce que el calor ha golpeado con fuerza también en esta zona del Bierzo y que la vendimia se adelantará. Algunas parcelas han sufrido especialmente y las previsiones iniciales de producción se han reducido de manera considerable.
«Pensábamos tener mucha más cantidad. Hay viñas que con el calor se han quedado más secas y nos ha afectado directamente», puntualiza. La merma resulta especialmente evidente en el palomino. Esperaban recoger entre 3.000 y 4.000 kilos, pero la previsión se ha quedado aproximadamente en la mitad.
Aun así, Alba Lombardero ya piensa en la siguiente prueba y ya tiene en mente una nueva elaboración, de la que aún no quiere contar nada. «Me hace ilusión que sea sorpresa», añade. No parece tener demasiado miedo a probar, a pesar de las inseguridades. Quizá porque toda esta bodega nació precisamente de eso. De atreverse.
Durante mucho tiempo hemos mirado el Bierzo del vino desde sus lugares más reconocibles. Pero la comarca es más grande, más diversa y mucho más irregular de lo que cabe en cualquier mapa mental que tengamos de esta región vinícola. Y quizá por ahí esté la parte más interesante de esta historia.